«Había perdido la ilusión»

Jayson Granger dio una muy interesante entrevista para el portal El Mundo, dónde contó mucho de todo lo que le tocó vivir en los últimos años: “Había perdido la ilusión. Después del Aquiles… aquello me derrumbó. Tuve que buscar una psicóloga” y recordó aquella lesión cuando recién volvía de una larga inactividad: “Fueron minutos muy duros. Les pedí a los médicos que me dejaran solo en el vestuario. Con todo lo que había trabajado, con todas las expectativas…”

A su vez marcó que lo caracteriza algo que tienen los uruguayos: “La famosa garra charrúa… Somos un país chiquito, pero gente pasional, que vive cada cosa al máximo. Peleamos, cuando las cosas se ponen malas hay que tener carácter”

Cuando se rompió el Aquiles, Jayson Granger (Montevideo, Uruguay, 1989) pidió a los médicos que se fueran del vestuario del Buesa. «Estuve media hora solo…». Venía de dos años de dolores, del Voltaren diario, de una operación de tobillo en enero… Ahora, desde Berlín, donde este viernes (20.00 h., DAZN) recibe al Real Madrid con el ALBA, recuerda el calvario con una sonrisa, la que le ha hecho recuperar Aíto García Reneses, la de uno de los bases más en forma de la Euroliga.

¿Hacía cuánto no se sentía así de bien?

Mucho, desde que fiché por el Baskonia (2017). Ese noviembre ya empecé con temas de lesiones. Tres años sin esta capacidad de competir todos los días…

¿Qué le ha hecho recuperar esta plenitud?

Aíto y el club. Es lindo levantarse sin dolor, venir a entrenar y competir. Tengo una ilusión como si tuviese 15 años.

Pensó en tirar la toalla.

Había perdido la ilusión. Después del Aquiles… aquello me derrumbó. Tuve que buscar una psicóloga. Ya lo había hecho antes, porque lidiar con el dolor en el tobillo no fue fácil. Me dio muchas herramientas. Y gracias a Dios sigo dando guerra.

Porque todo empezó con el tobillo.

Iba todo relacionado. El dolor es la parte gris del deporte. Me tocó tomar antiinflamatorios a diario, infiltraciones para poder jugar… Mucha impotencia, un quiero pero no puedo. Por eso lo mental es fundamental. Tomé la decisión: me tenía que operar de una enfermedad que se llama deformidad de Haglung, una protuberancia del talón. El hueso es más grande de lo normal y rozaba el Aquiles. Llega un momento en que te levantas por la mañana y no puedes dar un paso.

¿La misma lesión que Jaime Fernández?

Exactamente. Él me llamó para cosultarme sobre la cirugía.

Continúe.

Me operé en enero de 2019, fui capaz de llegar a los playoffs. Aquel verano trabajé muchísimo. Y en el primer partido de la temporada, contra el Estudiantes, en la segunda jugada, noté un ‘paf’. Como si me dieran una pedrada en el pie. Supe inmediatamente que me había roto el Aquiles.

¿Qué le pasó por la cabeza?

Fueron minutos muy duros. Les pedí a los médicos que me dejaran solo en el vestuario. Con todo lo que había trabajado, con todas las expectativas…

¿A qué se agarra uno para seguir?

Ese mismo año iba a hacer mi hijo Jann, me dio la fuerza. El hecho de poder pasar tiempo con él fue un aliciente. No hay mal que por bien no venga. He tenido la suerte de tener a la gente perfecta a mi alrededor. Mi mujer (la periodista Milena Martín) me ayudó muchísimo en esa pelea.

¿Qué se aprende?

Aprendí mucho sobre mí. A ser paciente. Te das cuenta de que una lesión de Aquiles, de las peores del basket, es como un maratón. 11 meses en los que no estás aún al 100%, tienes que agarrar ritmo de competición. Tuve muchos altibajos. También aprendes baloncesto, a mirar desde fuera, con otra perspectiva, a leer situaciones.

El premio fue la Liga con el Baskonia.

Podría haber escrito un libro de mis años en Vitoria. Los médicos no confiaban en que pudiera llegar. No estaba ni al 60%, pero quería estar con el equipo, aunque fuera un minuto sobre la pista. Y ganamos la liga, fue increíble.

¿Qué tienen los uruguayos con el deporte?

La famosa garra charrúa… Somos un país chiquito, pero gente pasional, que vive cada cosa al máximo. Peleamos, cuando las cosas se ponen malas hay que tener carácter.

Su padre, estadounidense, fue jugador en Uruguay y su madre, atleta de ultrafondo…

Mi padre fue el segundo americano en llegar a Uruguay, en 1979. Y se quedó para toda la vida. Se nacionalizó, jugó para la selección. Es una persona muy querida, se hizo un gran nombre. Y mi madre se dedica hacer ultramaratones, carreras por encima de 100 kilómetros por todo el mundo… Tiene esa garra charrúa, de superar cada obstáculo. El deporte que hace me parece una barbaridad, jamás lo entenderé. Es su pasión.

Ahí sí se necesita fortaleza mental…

Muchas veces, cuando las cosas no están yendo bien, hablo con ella. Esa resistencia mental para una carrera de 200 kilómetros hay que trabajarla. Me acojona cuando me cuenta lo que hace [ríe].

Este verano muchos equipos no se fiaban de su condición física.

Sé como funciona este negocio. Era consicente de mi situación y la realidad es que había estado fuera con una lesión muy gorda. Los equipos no se fiaban. Lo usé como motivación. He tenido la suerte de jugar todos los partidos.

¿Es mejor este Granger que el de antes?

Voy de camino, todavía no he alcanzado mi nivel máximo. Pero he madurado, vas conociendo más el juego y más de mi mismo, lo bueno y lo malo.

¿Qué le ha aportado Aíto?

Me ayudó a recuperar la ilusión perdida. Ver a un tipo de setenta y pico años venir a entrenar con la ilusión de alguien de 20… es absolutamente increíble. Verlo diariamente te motiva a querer mejorar. Me siento afortunado de jugar para alguien así.

Tuvo grandes entrenadores en su carrera, ¿en qué detalles es diferente?

Me impresionó el trato con los jugadores, la cercanía. Con el chaval más joven y con el más veterano. Esa confianza que da al jugador es algo que no se ve. Te ayuda a mejorar cada parte del juego, no sólo la táctica, también la mental. ¡Es que en el grupo de WhatsApp es el primero en hacer bromas!




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